POSICIONAMIENTO N.M. APOSTÓLICO

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LOS APÓSTOLES Y PROFETAS

Declaración de la Comisión de Investigación Teológica de la Federación de Asambleas de Dios de España, sobre los apóstoles y profetas.

(Se ha tomado como referencia la declaración  del Presbiterio General del Concilio General de las Asambleas de Dios de USA, adoptada el 6 de agosto del 2001 y las declaraciones al respecto de las Asambleas de Dios de Cuba y de Portugal).

Introducción

En los albores del s.XXI, se constata en el ámbito del cristianismo evangélico el crecimiento del movimiento pentecostal, de forma que, pentecostales y carismáticos ahora son el segundo grupo cristiano más grande en el mundo. Este crecimiento es atribuido a la confianza en el poder sobrenatural del Espíritu Santo, que continúa obrando hoy en la iglesia.

Esta realidad del reavivamiento pentecostal también ha sido acompañada por una nueva aceptación de los dones del Espíritu. Cada vez más, el mundo evangélico está cambiando desde un posicionamiento cesacionista, la creencia de que los dones del Espíritu cesaron al final de la era neotestamentaria, al entendimiento de que los dones del Espíritu Santo que registra el Nuevo Testamento son vitales para el ministerio de hoy.

Con la restauración de los dones de poder a la Iglesia ha surgido también la pregunta de si Dios restaurará los cinco ministerios de Efesios 4:11: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros evangelistas; a otros, pastores y maestros.»[1] (Efesios 4:12). Los expertos bíblicos difieren en su opinión de si los dones de pastor y maestro deben estar separados en Efesios 4 (haciendo un total de cinco), o si una mejor traducción sería «… a otros, pastores-maestros» (conformando sólo cuatro). La gramática griega parece indicar cuatro, pero a menudo el Nuevo Testamento menciona por separado las funciones pastorales y de enseñanza. Sin embargo, tomando las referencias de 1 Corintios 12: 28-30 y de Romanos 12:6-8 podríamos asumir que, la mejor designación de los ministerios no son ni cinco ni cuatro sino múltiples.

No hay dudas al respecto de la validez de los ministerios de evangelistas, pastores y maestros contemporáneos. Sin embargo, hay numerosas voces en la Iglesia hoy que están llamando a una restauración de los apóstoles y profetas, pensando que estos ministerios son la clave para su continuo crecimiento y vitalidad. El asunto es importante, y este documento es un esfuerzo para buscar una guía en las Escrituras.

La iglesia apostólica

Algunos abogan por el reconocimiento de apóstoles contemporáneos y el uso del término apostólico. Afirmando que las iglesias que así lo hacen se han acercado al ministerio ideal del Nuevo Testamento.

Históricamente, el adjetivo apostólico ha sido usado para significar:

  • Las iglesias que intentan trazar la sucesión de su clero a los 12 apóstoles originales, tales como las iglesias católica y episcopal.
  • Las iglesias pentecostales de unicidad, o “Sólo-Jesús”, que desde el principio del siglo XX han usado la descripción “Fe Apostólica” (usada previamente por pentecostales trinitarios como Charles F. Parham y William J. Seymour) para designar sus doctrinas características.
  • Las iglesias que proclaman que Dios ha instituido apóstoles hoy en medio de ellas (iglesias “Nueva Apostólica” y “Cinco Ministerios”).
  • Iglesias, incluyendo la mayoría de los grupos protestantes, que se dicen apostólicas porque enseñan lo que los apóstoles enseñaban; o sea, la doctrina neotestamentaria.

Por tanto, confirmamos que, la mayoría de las denominaciones cristianas se consideran, de una manera u otra, apostólicas.

Las iglesias pentecostales se creen apostólicas porque:

  • Enseñan lo que enseñaban los apóstoles.
  • Comparten el poder de los apóstoles por medio del bautismo y la plenitud del Espíritu Santo, quien fortalece su vida y ministerios
  • Creen que lo importante no es un ministerio apostólico contemporáneo sino la doctrina y el poder apostólico.

Los apóstoles del Nuevo Testamento

Se puede trazar el origen del ministerio apostólico desde el ministerio de Jesús, registrado en los Evangelios. El Evangelio de Marcos, dice: «Y [Jesús] estableció a doce, para que estuviesen con Él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios» (Marcos 3:14-15). Mateo y Lucas contienen atribuciones similares (cf. Mateo 10:2; Lucas 6:13). Parece que el número 12 era entonces significativo, de modo que el título común para este grupo en los Evangelios es «los Doce» en vez de «los Apóstoles» (cf. Mateo 26:14, 20, 47; Marcos 4:10; 6:7; 9:35; Lucas 8:1; 9:1; 18:31; Juan 6:67; 20:24). La designación «los Doce» también continuó en la vida de la iglesia primitiva por medio de los escritos de Lucas (Hechos 6:2) y el apóstol Pablo (1 Corintios 15:5). Además, Jesús mismo es llamado por el escritor a los Hebreos el «apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión» (Hebreos 3:1).

La palabra apóstol viene del griego apostolos[2] y puede ser traducida como delegado, enviado, mensajero, o agente[3]. Como Jesús probablemente hablaba hebreo o arameo en vez de griego, es posible que usase el termino shaliach que en hebreo/arameo significa lo mismo que apóstolos. Shaliach, era la palabra común usada por Jesús y sus primeros seguidores y provee el antecedente básico conceptual del término. Los rabinos en los días de Jesús lo consideraban un principio legal muy importante: «El agente de alguien (shaliach) es como él mismo»[4]. Esto significaba que si el agente hacía un trato, era lo mismo que si el hombre representado hubiera hecho el trato. El concepto moderno del poder notarial es semejante.

Cuando se trata de apóstoles u otros agentes, es de suma importancia a quién el agente representa. Los Evangelios indican claramente que los apóstoles fueron nombrados por Jesús para representarlo a Él. El escueto registro de Marcos de la comisión inicial es «para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios» (Marcos 3:14,15). Tiene que ver con el compañerismo personal con Jesús, predicar las buenas nuevas del reino de Dios de parte de Jesús, y participar del poder de Jesús para echar fuera demonios. Aparentemente, Jesús los envió temprano durante el ministerio galileo con instrucciones de predicar y sanar a los enfermos (cf. Mateo 10:5-14; Marcos 6:7-11; Lucas 9:1- 5). Como los setenta enviados después, su alcance inmediato era «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 10:6).

Los apóstoles y Pentecostés

La comisión de los Doce fue expandida dramáticamente después de la muerte y resurrección de Jesús. En el Evangelio de Juan, Jesús anticipó que los que tenían fe en Él harían «obras aun mayores» que Él pidiendo en su nombre (Juan 14:12-14). El Consejero, identificado como el Espíritu Santo y el Espíritu de verdad, quien estaba «con» ellos durante el principio de su ministerio terrenal, pronto estaría «en» ellos (14:16,17). El Espíritu también les enseñaría todas las cosas y les recordaría lo que Él les había dicho (14:26). Juan, nota que Jesús apareció a sus «discípulos» después de su resurrección, y dijo: «Como me envió el Padre, así también Yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos» (Juan 20:21-23). Lucas muestra claramente que Jesús «abrió» el entendimiento de «los once reunidos, y a los que estaban con ellos» (24:33) para que «comprendiesen las Escrituras» de que «el Cristo [debía] padecer, y resucitar de los muertos al tercer día; y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén» (Lucas 24:45-47). Entonces Jesús recordó a los discípulos que debían «[quedar] en la ciudad de Jerusalén, hasta que [fueran] investidos de poder desde lo alto» (24:49).

Esta promesa era tan importante que Lucas la registró otra vez en Hechos 1:4 con una palabra explicativa de Jesús: «Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días» (1:5). La razón de la promesa se encuentra en las palabras de Jesús, «pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). La promesa fue cumplida en la venida del Espíritu en Pentecostés (Hechos 2:4) e identificada como los dones del Espíritu de Dios de «los postreros días» en el mensaje profético de Pedro permitiendo a todos sus «hijos e hijas» y «siervos y siervas» «profetizar» (Hechos 2:14-17).

Aunque habían sido entrenados, llamados, y comisionados por el Señor Jesús, los apóstoles necesitaban el bautismo en el Espíritu Santo como una preparación final para su misión. Les fueron concedidos dones espirituales y el poder requerido para el ministerio apostólico. Antes inquietos e inseguros, después fueron transformados y vigorizados por el Espíritu Santo[5].

Los apóstoles empezaron a hablar como quienes habían sido «llenos del Espíritu Santo» (Hechos 4:8) y contribuían decisivamente a que otros recibieran el don del Espíritu (8:14-17; 10:44-46; 19:6). Cuando Pablo se convirtió y fue llamado al ministerio apostólico, también recibió el don del Espíritu, y de manera parecida fue transformado (9:17). Se decía que Bernabé era «lleno del Espíritu Santo y de fe» (11:24). El Espíritu Santo guió las actividades misioneras de los apóstoles, seleccionando soberanamente a Pablo y a Bernabé (13:2) y enviándolos (13:4). Después el Espíritu prohibió a Pablo y a sus compañeros que entraran en la provincia de Asia y Bitinia, y los dirigió en cambio hacia Troas y Macedonia (16:6-10). Pablo fue el receptor de la dirección profética dada por profetas dirigidos por el Espíritu en cuanto a su destino al regresar a Jerusalén (20:22,23). Cualesquiera que fuesen las habilidades naturales de estos primeros apóstoles, la genialidad de su ministerio se encuentra en el poder y la sabiduría del Espíritu dados a ellos.

La posición de los Doce

 

El primer capítulo de los Hechos muestra una preocupación por mantener el número de los Doce. Pedro y los otros miembros originales de los Doce, junto con los 120, conociendo las Escrituras, determinaron que la vacante creada por la defección y muerte de Judas debería ser suplida. Era importante que mantuvieran el número de doce para el derramamiento del Espíritu. Lucas había escrito la promesa de Jesús a los Doce: «Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel» (Lucas 22:29,30). No hay duda de la importancia de mantener el número de 12 apóstoles como un símbolo de las 12 tribus de Israel. El apostolado tenía que estar completo para la venida del Espíritu y el inicio de una iglesia completamente capacitada para su misión mundial.

La manera en que suplieron la vacante es muy instructiva. Jesús había aparecido personalmente y había «dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido» (Hechos 1:2). Se presentan dos requisitos importantes: (1) comisión personal por el Señor, y (2) un conocimiento sólido de las enseñanzas de Jesús. Los dos aspectos fueron objeto de una esmerada atención en la propuesta de Pedro. Cualquier candidato tenía que haber estado con ellos durante el ministerio entero de Jesús, «comenzando desde el bautismo de Juan» (Hechos 1:22). Dos candidatos calificados «José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y… Matías» fueron presentados y una oración fue elevada. «Les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles» (Hechos 1:26)[6]. Sin embargo, después de Pentecostés no hubo ningún esfuerzo por reemplazar a ninguno de los 12 apóstoles originales ni perpetuar el número 12 (cf. Hechos 12:2).

 

El caso especial del apóstol Pablo

La condición de Pablo como apóstol es única. Ni era miembro de los Doce ni estaba presente durante las apariciones de Cristo después de su resurrección; su llamado como apóstol vino en una visión del Señor resucitado, posterior y separada. Registrado tres veces en los Hechos (9:1-19; 22:4-16; 26:9-18) y frecuentemente insinuado en sus cartas (Gálatas 1:12), el informe de Pablo de su conversión demuestra la autenticidad y el poder de su llamado a ser un apóstol de Jesucristo. Como los Doce, reconoció que la función de apóstol era dada o conferida por un llamado personal en las apariciones de Cristo después de su resurrección (1 Corintios 15:5-7). Pablo reconoció que en ese sentido era «como a un abortivo [ektroma[7]]» (1 Corintios 15:8). Normalmente esta palabra se usa para un aborto natural. Pero Pablo, en vez de decir que «nació» prematuramente, está diciendo que como un testigo de la resurrección y un apóstol «nació» tardíamente. Entonces su llamado apostólico no tenía paralelo y fue la causa de que sus credenciales fueran vulnerables a los ataques de los adversarios que procuraban desacreditarlo (1 Corintios 9:1,2; 2 Corintios 12:11,12).

A pesar de su encuentro extraordinario con Cristo, Pablo no consideraba que su condición de apóstol fuera menor que la de los otros apóstoles. Ellos habían visto al Señor resucitado; él también. Regularmente declaraba que había visto a «Jesús el Señor nuestro» (1 Corintios 9:1). Aunque se refería a sí mismo como «el más pequeño de los apóstoles», por haber antes perseguido a la Iglesia, argüía que había «trabajado más que todos ellos» (1 Corintios 15:9,10). Aunque insistía en la continuidad del mensaje (cf. 1 Corintios 15:3), aún así distinguía su autoridad apostólica de la de los otros apóstoles, aun al punto de dar un reproche público a Pedro (Gálatas 1:11-2:21). A sus críticos él señaló: «pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandes apóstoles»[8] (2 Corintios 11:5; 12:11) y habló de sus antepasados judíos (11:11), de sus sufrimientos (11:23-33), y de las extraordinarias revelaciones (12:1-7). Él recordó a los corintios que… “las señales de apóstol [habían] sido hechas entre [ellos] en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” (2 Corintios 2:12).

 

Apóstoles de Cristo

El sentido de Pablo de su propio llamado se refleja en la introducción de la mayoría de sus cartas: «Pablo…apóstol de Jesucristo» (1 Corintios 1:1; cf. 2 Corintios 1:1; Efesios 1:1; Colosenses 1:1, et al.) Las cartas de Pedro empiezan de manera parecida: «Pedro, apóstol de Jesucristo» (1 Pedro 1:1; cf. 2 Pedro 1:1). Pablo usó esta designación en el texto de 1 Tesalonicenses: «Aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo…» (2:6). Judas 17 se refiere a «las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.» Estas referencias dan la apariencia de que el título de «apóstol de Cristo (Jesucristo/Señor Jesucristo/Cristo Jesús)» era una nomenclatura normal para todos los apóstoles a quien Cristo se había aparecido y señalado personalmente. Es casi siempre a este grupo que el título de «apóstol» se refiere en el Nuevo Testamento.

Apóstoles de las iglesias

Se puede justificar la distinción entre «los apóstoles de Cristo» y «los apóstoles de las iglesias»[9]. Pablo hablaba de los «hermanos» que eran «mensajeros [apostoloi] de las iglesias, y gloria de Cristo» (2 Corintios 8:23). También escribió a los Filipenses acerca de «Epafrodito… vuestro mensajero [apostolon], y ministrador de mis necesidades» (2:25). Estas referencias proveen evidencia más que suficiente de que las iglesias primitivas usaban la palabra apóstol de vez en cuando para personas que no habían visto la resurrección. Sin embargo, el término en estos casos se usaba de la manera general de enviar representantes en una misión oficial de parte de los que enviaban. Por esto, las versiones de la Biblia normalmente traducen la palabra apostolos en los dos ejemplos anteriores como «mensajero»[10].

Falsos apóstoles

No todas las personas de la era neotestamentaria que se llamaban apóstoles o a los que sus seguidores les dieran este título, eran de verdad apóstoles. Así como en tiempos del Antiguo Testamento había falsos profetas, también en los del Nuevo Testamento había falsos apóstoles. Mucho del contenido de la segunda carta de Pablo a los corintios refleja este asunto. Maestros, posiblemente judíos helenísticos itinerantes de la iglesia de Jerusalén, habían llegado a Corinto aparentemente con cartas de recomendación. Parece que se jactaban de ser iguales al apóstol Pablo, o aun superiores a él, en un esfuerzo por arrebatarle el liderazgo de la iglesia. Entonces sus referencias a tales asuntos como «cartas de recomendación» (2 Corintios 3:1), su presencia y palabra (10:10), «el que se alaba a sí mismo» (10:18), su herencia judía (11:22), sus muchos sufrimientos por la iglesia (11:23-33), y sus visiones y revelaciones (12:7) parecen un intento de enfrentar las amenazas.

Pablo identificaba a tales personas como «falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo» (2 Corintios 11:13). Jesús mismo elogió a la iglesia de Éfeso porque habían «probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los [han] hallado mentirosos» (Apocalipsis 2:2). Estas referencias y otras muestran claramente que muchos que se nombraban «apóstoles», o a quienes erróneamente se había dado este título, estaban circulando por las primeras iglesias cristianas. El discernimiento era necesario. Pablo pedía una cuidadosa evaluación de los fenómenos espirituales: «No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:19-21).

La sucesión apostólica

Un asunto crucial es dilucidar si la función apostólica debería aceptarse como un ministerio institucionalizado de la iglesia. Está claro, tanto en los Hechos como en las cartas del Nuevo Testamento, que ciertos ministerios o funciones fueron instituidos y mantenidos. Por ejemplo, los apóstoles condujeron a la iglesia en la selección de siete hombres, frecuentemente llamados «diáconos», aunque este sustantivo no está en el texto, para administrar los ministerios de caridad de la iglesia (Hechos 6:3). Temprano en los escritos de los Hechos, la iglesia, probablemente familiarizada con los modelos judíos, la iglesia tenía ancianos que trabajaban en posiciones de liderazgo juntos con los apóstoles (Hechos 11:30; 15:2; 16:4). Pablo y Silas, al establecer iglesias misioneras, se cuidaban de nombrar «ancianos» (presbyteros) para el liderazgo en ellas (Hechos 14:23). Pablo también mandó llamar a los «ancianos» (presbyteros) de la iglesia de Éfeso y después les llamó obispos (episkopos) quienes también debían ser «pastores» (poimaino) de la iglesia de Dios (Hechos 20:17,28).

La carta a la iglesia de Filipos indica la presencia de «obispos» (episkopos) y «diáconos» (diakonos). Las cartas pastorales, que probablemente fueran escritas más tarde, revelan una gran preocupación por el cuidadoso nombramiento de ancianos/obispos y diáconos cualificados
(1 Timoteo 3:1-12; Tito 1:3-9). Como se puede ver, los nombres para las funciones o ministerios son flexibles y se pueden intercambiar. Sin embargo, es muy cierto decir que el Nuevo Testamento provee –con tales nombres, calificaciones, y selección– para el cuidadoso nombramiento y la continuación del cargo de tales líderes como obispos, ancianos, y diáconos.

También está claro que, aunque los apóstoles (con los ancianos) eran líderes establecidos en la iglesia primitiva, no había provisiones para su reemplazo o continuación. En realidad, con la defección de Judas de su puesto apostólico, los Once buscaron el consejo divino para llenar la vacante. Otros apóstoles surgieron, Pablo inclusive, quien en su primera carta a los Corintios ilumina los aspectos de su elección. Después de su resurrección, Jesús se apareció a los Doce, y después a más de «quinientos hermanos a la vez… Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí» (1 Corintios 15:6-8, énfasis añadido). Entonces parece que Pablo está limitando el apostolado a los que habían visto el Señor resucitado en los 40 días después de su resurrección y a él mismo por haberle visto en una dramática visión en el camino a Damasco (Hechos 9:1-9). Hay un poco de incertidumbre acerca del número exacto y la identidad de los apóstoles. Sin embargo, aparte de los Doce, el texto del Nuevo Testamento parece designar claramente a tales personas como Pablo, Santiago el hermano de Jesús (1 Corintios 15:7; Gálatas 1:19), Bernabé (Hechos 14:14), Andrónico y Junias (probablemente una mujer) «los cuales son muy estimados entre los apóstoles» (Romanos 16:7).

Es interesante, sin embargo, que después de Judas no hay ningún lugar en el Nuevo Testamento en el que presten atención a la supuesta sucesión apostólica. No hubo intento de reemplazar a Jacobo hijo de Zebedeo (hermano de Juan), ejecutado por Herodes (Hechos 12:2). Aparte del nombramiento original por Jesús mismo, no hay nada que trate del nombramiento de apóstoles. Y aparte de los requisitos puestos para la selección de Matías (Hechos 1:21-26) y los requisitos implícitos en las acciones de Jesús y la explicación de Pablo (1 Corintios 15:3-11), no hay instrucciones para hacer tales nombramientos. En contraste, hay calificaciones e instrucciones claras para el nombramiento de ancianos / obispos y diáconos (1 Timoteo 3:1-13; Tito 1:5-9). Parece raro que los apóstoles de Jesucristo, preocupados con la fiel preservación de su mensaje (cf. 2 Timoteo 2:2), proveyeran para el nombramiento de obispos/ancianos, y al mismo tiempo olvidaran o desdeñaran su propia sucesión, si realmente hubiera sido suya la intención de mantener tal cosa.

En realidad, hay ciertas indicaciones exegéticas de que los apóstoles de Jesucristo no deben tener un sucesor. En 1 Corintios 15:8, Pablo hace una lista de todas las apariciones de Cristo en la resurrección y después de la resurrección, y notó que «y al último de todos… me apareció a mí». Aunque algunos no están de acuerdo, comúnmente se entiende que esta declaración significa que Pablo se consideró a sí mismo el último apóstol a quien Cristo apareció[11]. Si este es el significado correcto, solamente los Doce que Jesús personalmente llamó y comisionó en sus apariciones después de su resurrección constituyen sus apóstoles originales. Los apóstoles son nombrados primeramente como un cargo o ministerio de la iglesia (1 Corintios 12:28) y después como un don espiritual (Efesios 4:11) porque son fundamentales, no necesariamente porque fueron líderes permanentes de la iglesia. El pasaje de Efesios 4:11 tiene que ser interpretado en el contexto de la carta a los Efesios, en la que Pablo ya había descrito a la iglesia como un edificio, «edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:20), y la forma de liderazgo iniciado por Pablo en la iglesia de Éfeso y en otras iglesias que fundó (Hechos 14:23). Escribiendo a Timoteo en Éfeso, Pablo encomienda la dirección de la iglesia a «ancianos» (sinónimo de obispo o pastor o supervisor) y diáconos, no a apóstoles ni profetas. Cuando se despidió de los líderes de la iglesia de Éfeso, la cual él había establecido, su reunión fue con los ancianos (no con apóstoles ni profetas), a quienes encomendó la responsabilidad del obispo (o supervisor) y pastor (Hechos 20:28).

Es difícil escapar a la conclusión de Dietrich Müller: «Una cosa es cierta, el Nuevo Testamento nunca revela ningún entendimiento de que el apostolado es un cargo institucionalizado por la iglesia, susceptible de transferirse»[12].

La autoridad de los Apóstoles

La autoridad de los apóstoles fue modelada por el Apóstol principal, el Señor Jesucristo, quien les enseñaba que «el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir» (Marcos 10:45). Jesús de vez en cuando reaccionaba con severidad y resolución contra ciertos pecados, como por ejemplo la profanación de la casa de su Padre (Marcos 11:15-17; Juan 2:13-16) y la hipocresía abusiva de los maestros de la Ley y los fariseos (Mateo 23). Sin embargo, evitaba cuidadosamente los engaños de los políticos y del poder institucional, y modeló una humildad y paciencia extraordinarias para sus apóstoles. Sus atributos divinos estaban cubiertos con la naturaleza humana y Él era la exposición y el ejemplo de la Palabra y obra de su Padre.

Aun desde una la lectura superficial del Nuevo Testamento se muestra  muy claramente que los apóstoles tenían autoridad. La iglesia primitiva se formó alrededor de sus enseñanzas, las cuales fueron confirmadas con «muchas maravillas y señales» que hicieron (Hechos 2:42, 43). Eran los portavoces reconocidos ante los gobernantes (Hechos 4:8ff.), y su autoridad fue mostrada en sucesos tales como la muerte de Ananías y Safira (Hechos 5:1-11). Escribiendo a los corintios, una iglesia fundada por él, Pablo amenaza con ir a ellos «con vara» (1 Corintios 4:21) y no vacila en dar instrucciones estrictas para la disciplina de un caso de inmoralidad (1 Corintios 5:1-5). Escribiendo a la iglesia de Roma, la cual él no fundó, declara sus credenciales apostólicas (Romanos 1:1), asume el derecho de impartirles dones espirituales (1:11), y planea llegar «con abundancia de la bendición del evangelio de Cristo» (15:29). Expuso para su fe y práctica la explicación más sistemática de doctrina y verdad ética en toda las Escrituras. No vacilaba en dar instrucciones para sus problemas éticos locales como las relaciones entre los débiles y fuertes (capítulos 14, 15). Pedro también, afirmando su ministerio apostólico, escribió con autoridad a iglesias aparentemente gentiles que él no había fundado (1 Pedro 1:1).

Algunos expertos insisten en que la autoridad apostólica era simplemente local, no universal, y se ejercía solamente en iglesias que los apóstoles fundaron[13]. En realidad, parece ser que los apóstoles reconocían ciertos protocolos en las iglesias que no fundaron (Romanos 15:20; 1 Corintios 3:10). No obstante, atravesaron fronteras geográficas. La evidencia que se presenta en todo el Nuevo Testamento indica que su autoridad era universal en asuntos de doctrina y ética, obligando de alguna forma a todas las iglesias. Sin embargo, esta autoridad no se puede tomar en términos políticos ni burocráticos. Hay poca evidencia de su participación en asuntos administrativos locales.

Cuando trabajaban juntos, uno de los apóstoles normalmente dirigía, como en las tempranas actividades de Pedro en Jerusalén y la dirección de Pablo de sus equipos misioneros. Sin embargo, cuando se trataba de problemas prácticos y doctrinales de las iglesias, los apóstoles frecuentemente compartían el liderazgo entre sí junto con los ancianos, un grupo que se agregó rápidamente al liderazgo. Por ejemplo, los Doce pidieron que la iglesia de Jerusalén escogiera a los Siete (Hechos 6). Cuando el concilio en Jerusalén resolvió el problema cismático de que si los gentiles tenían que guardar la ley judía, el asunto fue decidido por «los apóstoles y ancianos» (Hechos 15:4,6,22). En este o algún otro asunto, aun entre los apóstoles Pablo y Pedro inicialmente tenían opiniones opuestas (Gálatas 2:11-14). James Dunn observa pertinentemente: «La autoridad apostólica se ejerce no sobre la comunidad cristiana, sino dentro de ella; y la autoridad se ejerce… “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”» (Efesios 4:12)[14].

Como los apóstoles frecuentemente se movían, la autoridad local en las iglesias crecientes parece haber sido ejercida por los ancianos. En la iglesia de Jerusalén, los apóstoles eran la única autoridad en el principio (Hechos 2:42; 4:37); sin embargo quizás por su persecución y viajes, parece ser que vinieron a ser menos prominentes al pasar el tiempo. Pedro informó a los «apóstoles y hermanos» de la conversión de Cornelio y toda su casa (11:1). Los «apóstoles y ancianos» componían el concilio en Jerusalén (15:6). Cuando Pablo regresó a Jerusalén después de su tercer viaje, llamó a «Jacobo, y todos los ancianos» (21:18). Los ancianos ciertamente eran autoridades clave en Jerusalén, como se puede ver en los Hechos, y en otros lugares en las cartas del Nuevo Testamento. La ausencia de apóstoles en la última visita de Pablo a Jerusalén (Hechos 21:18) es más evidencia de que cuando los Doce empezaron a dispersarse, la iglesia de Jerusalén no los reemplazaba como habían hecho con la defección de Judas (Hechos 1:12-26).

Ninguna de las cartas del Nuevo Testamento fue dirigida a un apóstol, como uno esperaría si cada ciudad hubiera tenido su apóstol que gobernaba. Una de las pocas cartas que incluye el título de un puesto, Filipenses, está dirigida a los «obispos [episkopos] y diáconos [diakonos]» (1:1) –no a un apóstol local o de la ciudad–. No parece que hubiera habido preocupación de poner permanentemente a un apóstol reconocido en las varias iglesias o regiones.

Las características de un apóstol

Procurando proteger a los corintios de la seducción de los «falsos apóstoles», Pablo señaló características (semeion, «señal» 2 Corintios 12:12) que identificaban a un apóstol genuino. De este contexto y del trasfondo general del Nuevo Testamento, lo siguiente es obvio:

  1. La primera y más importante característica de un verdadero apóstol de Cristo era que había visto al Señor resucitado y había sido comisionado personalmente por Él como testigo de su resurrección (Hechos 1:21,22; 1 Corintios 9:1; 15:7,8). Entonces ellos fueron llamados propiamente «apóstoles de Cristo».
  2. El llamado y la comisión personal del Cristo resucitado tenían que ser consumados en el bautismo en el Espíritu Santo (Hechos 2:1-4 [para Pablo, vea Hechos 9:1-17]), en cuyo tiempo el don espiritual, o carisma, del apostolado fue concedido. Este entendimiento se refleja, por ejemplo, en la declaración de Pablo: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles…» (Efesios 4:11) y «del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder» (Efesios 3:7). El Espíritu con su poder y ungimiento puso a los apóstoles primero entre los líderes de la iglesia (1 Corintios 12:28).
  3. Los apóstoles fueron capacitados sobrenaturalmente para la predicación y la enseñanza profética. Para ilustrar, cuando el Espíritu cayó en Pentecostés, los discípulos hablaron «en otras lenguas, según el Espíritu les daba [apophthengomai] que hablasen» (Hechos 2:4). Encarados con las confusas y contradictorias opiniones de la multitud, Pedro «poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo» [apophthengomai] (2:14) en una magistral explicación que tuvo por resultado la conversión de 3.000 personas. El verbo griego apophthengomai se usa para indicar la inspiración profética, que en este contexto es el resultado inmediato de la facilitación del Espíritu[15]. Pablo expresaba, explícitamente la misma conciencia: «Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder» (1 Corintios 2:4).
  4. Con el don apostólico también vinieron los dones espirituales milagrosos (1 Corintios 12:8- 10). «Las marcas [semeia, “señales”] distintivas de un apóstol[16], tales como señales, prodigios y milagros, se dieron constantemente entre ustedes» (2 Corintios 12:12, NVI). El libro de los Hechos atribuye numerosos milagros a Pedro, Pablo, y a los otros apóstoles (Hechos 5:12; 9:32- 43; 13:6-12; 14:3; 16:16-18; 19:11; 28:7-9). Obviamente, Pablo consideraba las señales milagrosas como una característica esencial del verdadero apóstol. Él también enseñó y predicó entre ellos «con demostración del Espíritu y de poder» para que su « fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Corintios 2:4,5).
  5. Los apóstoles eran los maestros con autoridad en la iglesia primitiva, tanto en las creencias como en la práctica. Más que otra cosa fueron encomendados con la precisión y pureza del evangelio de Jesucristo. Como Pablo escribió, «porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Corintios 15:3,4; cf. Hechos 2:42; Romanos 16:17; Gálatas 1:8; Tito 1:9). El motivo de sus predicaciones y enseñanzas es expresado en Efesios 4:12,13: «A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo». La doctrina apostólica marcó el contenido del canon del Nuevo Testamento. Se entiende que los apóstoles, o bien escribieron los libros canónicos, o eran el principal origen y garantizadores de su naturaleza inspirada.
  6. Los apóstoles fueron comisionados como misioneros y fundadores de iglesias. Los que se mencionan en el Nuevo Testamento lo hicieron con éxito. La Gran Comisión (Mateo 28:16-20) fue dada específicamente a los Once, quizás junto con los «más de quinientos» (1 Corintios 15:6). El impulso misionero tiene vida por medio de los informes de la comisión apostólica (cf. Lucas 24:47; Juan 20:21; Hechos 1:8; 9:15; 22:15; 26:17,18; Gálatas 1:15-17; et al.).
  7. Sufrir por la causa de Cristo parece haber sido una característica principal del ministerio apostólico. Con su largo historial personal de sufrimientos por el evangelio Pablo validó su ministerio y equipó a la iglesia de Corinto contra las seducciones de los falsos apóstoles. «Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10). «Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia» (Colosenses 1:24).
  8. Los apóstoles tenían alma de pastor y eran de naturaleza sociables. El amor de Pablo por sus feligreses y sus compañeros del ministerio fluye en sus cartas. Los saludos extensos y cariñosos en la conclusión de Romanos son notables (16:1-16). Repetidamente usa un vocabulario paternal (cf. 1 Corintios 4:15; 2 Corintios 12:14,15). A los corintios, los celaba «con celo de Dios» (2 Corintios 11:2). A los de Tesalónica, Pablo escribió que los amaba y cuidaba como “nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos» (1 Tesalonicenses 2:7). El lenguaje en las cartas de Pedro (1 Pedro 4:12; 2 Pedro 3:1) y Juan (1 Juan 2:7, et al.) destaca los mismos instintos pastorales.

Los profetas del Nuevo Testamento

Los «profetas» siguen inmediatamente después de los «apóstoles» en la lista de dones ministeriales (Efesios 4:11), y su actividad está muy conectada con la de los apóstoles en todo el Nuevo Testamento. Pablo tenía una alta opinión de su función: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas…» (1 Corintios 12:28). Además, la iglesia está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:20). Junto con los apóstoles, los profetas eran dones complementarios para la era del fundamento de la iglesia.

Las descripciones históricas del Nuevo Testamento afirman estos papeles complementarios. Los profetas del Nuevo Testamento primero aparecieron por nombre en los Hechos, cuando un grupo, que aparentemente vivía en Jerusalén, fue a Antioquía y uno de ellos, Agabo, predijo correctamente la gran hambre que venía (Hechos 11:27-30). Antioquía tenía su propio grupo de profetas que residían allí –Bernabé, Simón, Lucio, Manaén, y Saulo (Pablo)– (Hechos 13:1). Otros dos líderes y profetas de Jerusalén fueron escogidos para llevar la carta del concilio a Antioquía, Siria, y Cilicia, y durante el viaje «consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras» (Hechos 15:22,32). Al regresar Pablo de su tercer viaje misionero, se quedó en casa de Felipe el evangelista, que «tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban», reconociendo así, que las mujeres eran activas y reconocidas como profetas. En este tiempo, Agabo viajó de Jerusalén a Cesarea y profetizó que los judíos de Jerusalén atarían a Pablo y lo entregarían a los gentiles (Hechos 21:10,11).

Las cartas de Pablo, escritas antes que el libro de los Hechos, indican la presencia de profetas tanto en las iglesias que él había establecido como en las que no estableció. Por ejemplo, proveyó instrucciones sobre las actividades en Corinto (1 Corintios 14:29-32), diciendo que las profecías tenían que ser probadas según la doctrina apostólica (1 Corintios 14:37). Había mujeres que eran profetas en la iglesia de Corinto (1 Corintios 11:5,6). Los romanos deberían usar su don de profecía «conforme a la medida» de su fe (Romanos 12:6). Los tesalonicenses fueron amonestados a que «no menospreciarán las profecías» (1 Tesalonicenses 5:20). La carta de Efesios registra la opinión de Pablo de que, junto con los apóstoles, los profetas eran fundamentales para la iglesia (Efesios 2:20). En esa capacidad eran, junto con los apóstoles, recipientes de revelación divina (Efesios 3:5) y un don de ministerio a la iglesia (Efesios 4:11). Al escribir a Timoteo, Pablo notó que un mensaje profético había acompañado a la imposición de las manos por los ancianos (1 Timoteo 4:14).

Generalmente, el libro de Apocalipsis se entiende como una profecía, otorgando así a Juan el ministerio o la función de profeta (Apocalipsis 1:3). Apocalipsis también dice que la iglesia necesita protegerse de los falsos profetas, en este caso «Jezabel», que distorsionan el evangelio apostólico con sus enseñanzas y su conducta (Apocalipsis 2:20).

Estos informes muestran claramente que (1) había grupos de profetas reconocidos en la iglesia primitiva frecuentemente asociados con los apóstoles; (2) los apóstoles (como Bernabé, Silas [los dos parecen ser reconocidos como apóstoles], Saulo [Pablo], y Juan) también servían como profetas (Hechos 13:1; 15:32; Apocalipsis 1:3); (3) estos profetas sí viajaban de vez en cuando de iglesia en iglesia; (4) tanto hombres como mujeres fueron reconocidos como profetas; (5) los profetas tenían influencia espiritual junto con los apóstoles y ancianos en las creencias y prácticas de la iglesia primitiva, aunque nunca se les asignaron responsabilidades específicas como profetas, como es el caso con los obispos/ancianos; (6) los profetas conservaban su integridad con auténticas declaraciones inspiradas que se adherían a las Escrituras y doctrina apostólica; y (7) no hay instrucciones de cómo calificar como profeta ni cómo nombrar profetas como parte de la jerarquía del liderazgo de la iglesia para siguientes generaciones.

El don de profecía

Aunque había profetas reconocidos en la era del Nuevo Testamento, lo que tenía más impacto era el don de profecía que activaba a la iglesia apostólica. El profeta Joel del Antiguo Testamento, movido por Dios, profetizó: «Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días» (Joel 2:28,29). De forma significativa, Pedro, cuando explicó el suceso de Pentecostés, y relacionó la evidencia de las lenguas con la predicción de Joel del derramamiento del Espíritu, en dos ocasiones repitió que hijos e hijas y hombres y mujeres profetizarían (Hechos 2:17,18). El sermón de Pedro claramente era una profecía inmediatamente inspirada por el Espíritu, como indica el verbo «habló [apophthegomai]» (Hechos 2:14), que significa «hablar como profeta»[17]. Cuando se examina el testimonio de Cristo dado por los líderes de la iglesia primitiva en los Hechos, el impulso profético es obvio – y sin duda– también la intención de Lucas. Las palabras de Pedro a un cojo (Hechos 3:6), a las personas en el templo (Hechos 3:12ff), al concilio (Hechos 4:8), a Ananías y a Safira (Hechos 5:1-11), y a otros, estaban llenas de importancia profética. La elocuencia y el poder de Esteban son proféticos (Hechos 7). El impacto de las predicaciones de Felipe (Hechos 8:4-8) y de otros creyentes no nombrados (Hechos 11:19- 21) también fue posible por medio del Espíritu. Y así se verfica en todo el libro de los Hechos.

Aunque es demasiado decir que cada declaración del creyente es una profecía, el tema de los Hechos es que cada creyente recibe el poder del Espíritu Santo para ser un testimonio profético del Señor Jesucristo resucitado (Hechos 1:8). Curiosamente, Juan notó, «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía» (Apocalipsis 19:10). Todos los creyentes son parte de una misión «profética»[18] universal y están dotados con uno o más dones espirituales, de los cuales muchos tienen que ver directamente con declaraciones sabias, instructivas, y edificantes (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:8-10; Efesios 4:7-13; 1 Pedro 4:10).

Pablo claramente enseña que cada creyente no será un profeta en términos de un «puesto» reconocido ni aun de ser usado regularmente por el Espíritu de esta manera (1 Corintios 12:28,29). La identificación de un don de profecía separado implica esto. Sin embargo, al mismo tiempo, anima a que todos los creyentes «ambicionen los dones espirituales, sobre todo el de profecía» (1 Corintios 14:1, NVI), porque el creyente en Cristo que profetiza lo hace «para edificación, exhortación y consolación» de los demás (1 Corintios 14:3). No hay limitaciones en el Espíritu de profecía. En las palabras del sermón profético de Pedro, «porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2:39).

Conclusiones

El propósito de este documento ha sido estudiar el papel de los apóstoles y profetas dentro del contexto ministerial de Efesios 4:11,12, y presentar las conclusiones consistentes con las Escrituras como pertinentes a este tiempo estratégico en el crecimiento del movimiento pentecostal. El propósito no es controversial ni polémico sino el de «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). Con estas consideraciones en mente, se ofrecen las siguientes conclusiones:

  1. La naturaleza apostólica de la iglesia se encuentra en la adhesión a la Palabra de Dios, la cual ha sido transmitida fielmente por los apóstoles de Jesucristo en su papel fundamental, y en participación vital en la vida y ministerio del Espíritu Santo, quien bautizó, dotó, y guio a los primeros apóstoles.
  2. Siendo que el Nuevo Testamento no provee instrucciones para el nombramiento de futuros apóstoles, tales puestos contemporáneos no son esenciales a la salud, ni al crecimiento de la iglesia, ni a su naturaleza apostólica.
  3. Aunque entendemos que no es necesario, algunas iglesias quizás en buena fe y cuidadosa definición bíblica, escogerán nombrar a algunos líderes como apóstoles. La palabra «apóstol» (apostolos) se usa de diversas maneras en el Nuevo Testamento: (1) para designar a los Doce discípulos originalmente nombrados por Jesús (y después Matías); (2) para los Doce más Pablo y un grupo más grande (1 Corintios 15:3-8) cuyo número es incierto; y (3) para otros como Epafrodito (Filipenses 2:25) y los otros «hermanos» no nombrados de los cuales escribió Pablo (2 Corintios 8:23). Los grupos uno y dos, llamados y comisionados personalmente por el Señor resucitado, frecuentemente son llamados «los apóstoles de Jesucristo» en las Escrituras, y son apóstoles fundamentales (Efesios 2:20) con funciones o ministerios reveladores únicos y autoridad para establecer la iglesia y producir el Nuevo Testamento. El tercer grupo, los «apóstoles de las iglesias», se compone de aquellos a quienes se les asignó funciones y responsabilidades específicas por las iglesias primitivas cuando hubo necesidad. Obviamente, los apóstoles contemporáneos no han visto al Señor resucitado ni han sido comisionados por Él de la misma manera que «los apóstoles de Jesucristo», ni van a añadir sus enseñanzas al canon de las Escrituras. Se supone que demostrarán las otras características de un apóstol que se encuentran en el Nuevo Testamento.
  4. El título de apóstol no debe ser otorgado ni asumido a la ligera. Históricamente, los apóstoles han sido personas reconocidas por su madurez espiritual, su lealtad, y gran eficacia en la obra de la iglesia. Las advertencias de Pablo «para quitar la ocasión a aquellos que la desean, a fin de que en aquello en que se glorían, sean hallados semejantes a nosotros», su afirmación de que «son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo», y su conexión de ellos con «Satanás [que] se disfraza como ángel de luz,» (2 Corintios 11:12-13) dan qué pensar – y nos recuerda que el orgullo humano– desencadenado en la búsqueda de una posición de liderazgo en la iglesia puede dejar a uno ciego a las asechanzas del diablo. Personas faltan de carácter quizás se llamen apóstoles para dominar o ejercer control sobre otros creyentes, obviando la necesidad de dar cuentas a los miembros bajo su cuidado o a los ancianos espirituales de su propia congregación.
  5. La función de apóstol se manifiesta cuando la iglesia de Jesucristo está siendo establecida en medio de los no-evangelizados. Como pentecostales, deseamos con fervor que haya una generación de hombres y mujeres que desarrollen la función de apóstoles: llevar el evangelio con señales a las personas aquí en nuestra tierra, y en el exterior, que todavía no han escuchado o entendido que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).
  6. La profecía es un don continuo del Espíritu Santo que siempre estará distribuido ampliamente en una iglesia santa y receptiva hasta que Jesús venga. El Espíritu soberanamente escoge y dirige a las personas que están abiertas y son sensibles a sus dones y recordatorios y las dota diversamente con una variedad de dones verbales. Pablo amonestó: «Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis» (1 Corintios 14:1). Quizá se esperará que muchas personas, tanto hombres como mujeres, ejerzan el don de profecía en maneras diversas, como se puede ver en el Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento no da instrucciones para el establecimiento del profeta en la estructura gobernante jerárquica de la iglesia; en realidad, el contenido de una profecía siempre debe ser probado por la superior autoridad de las Escrituras y ser responsable ante ellas. Sin embargo, la iglesia debe anhelar la profecía auténtica con un mensaje que es pertinente a las necesidades contemporáneas y sujeto a la autoridad de las Escrituras.

Finalmente, en Efesios 4:11,12 los dones son la herencia histórica y contemporánea de la Iglesia. Algunas funciones apostólicas y proféticas que fluyen de personas directamente comisionadas por el Señor resucitado y operan en capacidades reveladoras parecen ser claramente una función de la primera era de la Iglesia. Al mismo tiempo, algunas de estas funciones que tratan de la revitalización, expansión, y alimentación de la iglesia deben estar presentes en cada generación. Animamos a que cada creyente, guiado y lleno por el Espíritu, a que se deje utilizar como siervo del Señor, porque se necesita de todos los dones para edificar y completar el cuerpo y también para movilizar al cuerpo a alcanzar el mundo. Entonces se realizará el propósito de todos los dones de ministerio: “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12,13).

 

Preguntas prácticas acerca de los apóstoles y profetas

1. ¿Reconoce las Asambleas de Dios los apóstoles y profetas actuales?

Las Asambleas de Dios de España reconoce a ministerios, hombres y mujeres acreditados como Ministros Auxiliares y Ministros. El trabajo de las fraternidades y de la Asamblea General de la Federación se administra por los ministerios que ejercen las diferentes responsabilidades, sea de los comités, departamentos, instituciones y Consejo Ejecutivo. Las iglesias locales nombran a obreros, diáconos y ancianos o miembros de los consejos de iglesia. Las Asambleas de Dios cree que esta práctica es consecuente con las enseñanzas apostólicas provistas en las epístolas pastorales de 1ª y 2ª de Timoteo, y Tito. Las cartas pastorales no proveen información acerca del nombramiento de apóstoles ni de profetas, y el libro de los Hechos no indica que tal provisión fuera dada en las iglesias establecidas en los viajes misioneros. Los apóstoles no nombraron ni apóstoles ni profetas sino ancianos (Hechos 14:23). Al terminar los viajes misioneros, Pablo se reunió con los ancianos de la iglesia de Éfeso (Hechos 20:17-38). Claramente, a los ancianos también fue dada la función de obispos (“supervisor”) y pastores (Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2).

Entonces, dentro de las Asambleas de Dios de España, las personas no son reconocidas por el título de apóstol o profeta. Sin embargo, muchos dentro de la iglesia ejercen la función ministerial de apóstoles y profetas. La función apostólica normalmente se desarrolla en el contexto de abrir nuevas obras en un área no evangelizada o con personas no alcanzadas. La fundación de más de 225.000 iglesias alrededor del mundo desde 1914 por las Asambleas de Dios, no hubiera sido posible si las funciones apostólicas no hubieran estado presentes. En la iglesia primitiva, los falsos apóstoles no empezaban nuevos ministerios; sino que se beneficiaban de los ministerios establecidos por otros.

La función profética se manifiesta cuando los creyentes hablan con el ungimiento del Espíritu para fortalecer, animar, y consolar (1 Corintios 14:3). Se debe examinar cuidadosamente cada profecía (1 Corintios 14:29). Una profecía que predice puede ser verídica, pero el profeta cuya doctrina se aparta de las verdades bíblicas, es falso. Cuando una profecía que predice no se cumple, la conclusión es que la persona es un falso profeta (Deuteronomio 18:19-22).

Finalmente, se debe notar que los títulos no son tan importantes como el ministerio mismo. Muchas veces el título da lugar a una actitud de orgullo humano. El título no es lo que hace a la persona o al ministerio. La persona que ministra es que da significado al título. Cristo claramente advirtió a sus discípulos contra la engañosa búsqueda de los títulos (Mateo 23:8-12). Nos dice «que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:25-28).

2. ¿Cuál es la implicación para la iglesia local en el énfasis actual de apóstoles y profetas?

Los movimientos pentecostales y carismáticos han visto varios énfasis teológicos excesivos o erróneos a través de los años. Existe hoy una gran preocupación por los que no creen en el gobierno congregacional de la iglesia, que no confían en la madurez de la iglesia local para gobernarse a sí misma según las Escrituras y el Espíritu. Tales líderes prefieren estructuras más autoritarias donde sus palabras y decretos no son objetados.

En el énfasis actual de Efesios 4:11, se descuida el versículo 12: «A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio [i.e. servicio], para la edificación del cuerpo de Cristo». El énfasis del Nuevo Testamento recae sobre el ministerio de cada creyente.

La Reforma Protestante volvió a captar la verdad bíblica del sacerdocio de cada creyente. El movimiento pentecostal se ha extendido como fuego rápido a través del mundo por el ministerio de los dones espirituales del cuerpo entero. La iglesia siempre tiene que recordar que los dones de liderazgo no son dados para la exaltación de unos pocos, sino para la capacitación de todo el pueblo de Dios para el ministerio.

 

Comisión de Investigación Teológica FADE  (marzo2016)

[1] Las citas bíblicas son de la Versión Reina-Valera 1960 a menos que se indique lo contrario.

[2] Para simplicidad, cuando se incluyen sustantivos y verbos griegos, normalmente estarán en la forma singular nominativa e indicativa de la primera persona singular.

[3] A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 3rd edition, rev. and ed., Frederick William Danker (Chicago: University of Chicago Press, 2000), 122.

[4] Berakoth 5.5 y varios otros lugares en el Mishnah, la porción más antigua del Talmud. Aunque las referencias rabínicas más tempranas se originaron en el segundo siglo, parece probable que la institución era mucho más temprana. Sin embargo, algunos expertos trazan el concepto al lenguaje “enviar” tanto en el Antiguo Testamento como en el griego secular. Vea Colin Brown, gen. ed., The New International Dictionary of New Testament Theology (Grand Rapids: Zondervan, 1975), “Apostle,” 1:126-136.

[5] Vea el perspicaz estudio de C. G. Kruse en Ralph P. Martin and Peter H. Davids, ed., Dictionary of the Later New Testament & Its Developments (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1997), 76-82.

[6] Frecuentemente se sugiere que los Once se equivocaron en su selección de Matías porque el lugar de Judas estaba reservado para Pablo. Se nota que Matías inmediatamente pasó al olvido. Sin embargo, no hay insinuación de crítica en el texto y pocos de los Doce fueron mencionados después del capítulo 1. Las credenciales apostólicas de Pablo fueron establecidas independientemente de los Doce por Lucas y Pablo mismo (cf. Hechos 9:1-30, especialmente vv. 26-28; Gálatas 1:15-24).

[7] A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 311.

[8] Algunos comentaristas identifican los «súper-apóstoles» con los Doce; sin embargo, otros sugieren que el contexto más bien apoya la identificación de maestros judíos helenísticos que vinieron de Corinto con cartas de presentación, quizás de Jerusalén.

[9] Vea la discusión en E. Earle Ellis, Pauline Theology: Ministry and Society (Grand Rapids: Eerdmans, 1989), 38.

[10] “[M]essengers without extraordinary status.” A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 122.

[11] Gordon D. Fee, The First Epistle to the Corinthians (Grand Rapids: Eerdmans, 1987), 732.

[12] Colin Brown, gen. ed., The New International Dictionary of New Testament Theology (Grand Rapids: Zondervan, 1975), 1:135.

[13] Vea, por ejemplo, James D. G. Dunn, The Theology of Paul the Apostle (Grand Rapids: Eerdmans, 1998), 578-579.

[14] Íbidem. Pág. 574.

[15] A Greek-English Lexicon of the New Testament and other Early Christian Literature, 3rd edition rev. y ed. Frederick William Danker (Chicago: University of Chicago Press, 2000), 1:44. Vea también Gerhard Kittel, ed., Theological Dictionary of the New Testament, trad. y ed. por Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1964), 1:447.

[16] Versión Reina-Valera, “las señales de apóstol”.

[17] A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 125.

[18] Roger Stronstad, The Prophethood of All Believers (Sheffield, UK: Sheffield Academic Press, 1999), 71-84.

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